Aranjuez, de ciudad barroca a ciudad ilustrada

Ciudad

La ciudad histórica de Aranjuez surge para dar respuesta a las necesidades de alojamiento de la corte barroca transformándose, en poco más de 50 años, en una ciudad que busca la forma ideal de organizar la actividad económica y social del territorio dependiente de ella.

La ciudad histórica, es una de las piezas que componen el Paisaje Cultural de Aranjuez, incluido en la lista de Patrimonio Mundial por la UNESCO en el año 2001. La zona monumental formada por el núcleo palatino y los jardines históricos junto con las huertas y paseos históricos completan el conjunto.   Las tres piezas aparecen singularmente conectadas por una geometría especialmente visible gracias al protagonismo de la vegetación, haciéndose evidente de forma espectacular en las avenidas y paseos arbolados. Un paisaje en el que el agua mantiene desde sus orígenes un extraordinario protagonismo, de hecho, hay quienes sostienen que la historia de Aranjuez fue al principio la historia del esfuerzo por dominar sus ríos.

El paisaje de Aranjuez es también el reflejo de cómo entendieron el poder unos monarcas que comienzan con Felipe II intentando imitar la obra de Dios, frente a una naturaleza aparentemente indómita; pasan después, con Fernando VI, a competir con el creador mediante la exhibición de un poder pretendidamente divino, para terminar adquiriendo con Carlos III una dimensión funcional, en cierta medida, emancipada ya de sus relaciones con la divinidad, que busca la forma ideal de organizar la actividad económica y social de un territorio.

En este contexto emerge, planificada desde su inicio, la ciudad histórica de Aranjuez. Una ciudad que surge para dar respuesta a las necesidades de alojamiento de la corte bajo los parámetros culturales del barroco y se desarrolla completamente durante la segunda mitad del siglo XVIII transformándose en el centro social y económico de todo el territorio al que sirve, más acorde ya con el espíritu cultural de la ilustración. Es, en ese sentido, obra de la voluntad de Fernando VI y Carlos III y resultado de la genialidad de Santiago Bonavía, Jaime Marquet, Manuel Serrano y Juan de Villanueva, que supieron integrar en sus propuestas la huella del humanismo renacentista heredado de Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera.

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