Aranjuez. Historia de un paisaje singular

Paisaje de Aranjuez

Desde una perspectiva territorial, el desarrollo de Aranjuez y su impacto en la configuración del paisaje cultural ha venido determinado por tres momentos de la historia de nuestro país en los que este lugar se quiso convertir, y en gran medida así fue, en un ejemplo de modernidad e innovación desde el que proyectar una imagen cosmopolita y culta del poder.    

El primer momento se vivió en el siglo XVI cuando Felipe II decidió en 1561 residenciar de forma estable la Corte en Madrid y aplicar, en Aranjuez, las innovadoras ideas del humanismo renacentista que estaban revolucionando la forma de ver y entender el mundo en toda Europa. En este periodo, de la mano de Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera entre otros artistas, se fijaron las pautas territoriales y arquitectónicas que determinaron el posterior desarrollo de Aranjuez, ya convertido en un referente paisajístico del renacimiento español. Aranjuez deja de ser un bosque de caza destinado exclusivamente al divertimento de los reyes para convertirse en un lugar para la expresión culta del poder real.

El segundo momento debe ubicarse en el siglo XVIII, bajo el reinado de los Borbones especialmente de Fernando VI y Carlos III. Un periodo en el que para atender las necesidades de alojamiento de una pujante corte se inicia la construcción de la ciudad histórica bajo los parámetros culturales del barroco francés. Una ciudad planificada desde sus orígenes que inicia su andadura bajo la dirección de Bonavía y se desarrollará completamente durante la segunda mitad del siglo XVIII transformándose, bajo la dirección de Marquet y Villanueva, en una moderna ciudad al servicio del territorio dependiente de ella, más acorde con las ideas reformista del despotismo ilustrado.

El tercer acontecimiento se produjo en el reinado de Isabel II con la llegada del ferrocarril en febrero de 1851. Aranjuez se convirtió en una prueba de la determinación de la corona por traer a nuestro país los avances de la moderna revolución industrial. Sin embargo, este hecho que transformaría Aranjuez en un importante nudo de comunicaciones de la moderna red ferroviaria española y en un pujante centro de desarrollo industrial, se produjo sin un plan de ordenación capaz de controlar, en coherencia con lo existente, su impacto en el territorio y en el paisaje. Esto favoreció un desarrollo alejado de la coherencia territorial y paisajística mantenida hasta ese momento cuyas negativas consecuencias perduraron hasta finales del siglo XX y que aún hoy siguen visibles en las heridas provocadas por un desafortunado trazado ferroviario poco respetuoso con las geometrías arboladas de las huertas de Picotajo, pieza fundamental del paisaje cultural.

Tres momentos en los que Aranjuez fue ejemplo de modernidad con consecuencias muy dispares para la configuración de su paisaje en función de cómo sus impulsores incorporaron lo heredado a sus respectivas propuestas.

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